Trabajos destacados de la "Diplomatura en energía y sobernía" | 2da cohorte

China y la transición hegemónica: su rol en la reconfiguración del ordenmundial y en la transición energética global.

Autora: Dominguez Collivadino, Valentina Uxía | Alumna de la Diplomatura

En el siglo XXI, el sistema internacional atraviesa una transición hegemónica de gran profundidad histórica, caracterizada por el declive relativo de la primacía estadounidense y el ascenso sostenido de China como potencia estructurante del orden global. Este proceso no debe entenderse como un simple cambio en la correlación de fuerzas económicas o militares, ni como una competencia coyuntural entre Estados, sino como una transformación estructural que afecta las bases mismas sobre las que se organizó el orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial. La transición en curso implica una redefinición más profunda de las reglas formales e informales, de las instituciones multilaterales, de los regímenes financieros y comerciales, y de los patrones tecnológicos que organizan el sistema mundial. En este marco, la transformación de la matriz energética global y el avance de nuevas tecnologías estratégicas no constituyen fenómenos aislados, sino dimensiones centrales de esta reconfiguración sistémica. La transición energética, lejos de ser exclusivamente una agenda ambiental vinculada al cambio climático, emerge como uno de los principales terrenos de disputa geopolítica y geoeconómica del presente. En ese escenario, China ocupa un lugar protagónico al articular recursos estratégicos, capacidad industrial, innovación tecnológica e institucionalidad financiera alternativa, configurándose como actor central en la redefinición del orden mundial.

Desde los enfoques de la teoría del sistema-mundo y de la economía política internacional de inspiración estructural, las transiciones hegemónicas no constituyen meros reemplazos de liderazgo entre potencias, sino reconfiguraciones profundas de las estructuras de acumulación, del patrón tecnológico dominante y de las instituciones que garantizan la reproducción del orden global. Cada hegemonía histórica ha estado asociada a una determinada articulación entre poder productivo, poder financiero, capacidad militar y liderazgo tecnológico. En este sentido, el ascenso de China expresa el desplazamiento progresivo del eje dinámico del capitalismo global hacia el Asia-Pacífico y, en un sentido más amplio, hacia el espacio euroasiático. Este movimiento no supone todavía la consolidación plena de una nueva hegemonía global, pero sí configura un escenario crecientemente multipolar, donde el monopolio normativo, financiero y tecnológico occidental comienza a ser erosionado y crecientemente cuestionado por potencias emergentes.

La hegemonía estadounidense, históricamente sustentada en la supremacía tecnológica, el liderazgo en innovación científica, el dominio del sector de defensa y el control del sistema financiero internacional basado en el dólar, enfrenta una pérdida relativa de poder estructural. Este declive no implica un colapso inmediato ni una desaparición de su influencia, sino una disminución comparativa frente al ascenso de otros polos de acumulación y poder. La transición en curso, por lo tanto, no implica una sustitución automática y lineal de un polo por otro, sino la emergencia de un orden más fragmentado, con alineamientos variables, coaliciones flexibles y disputas simultáneas en múltiples dimensiones: tecnológica, energética, financiera, militar, comercial e incluso normativa. En este marco, las regiones semiperiféricas adquieren una centralidad particular, al convertirse en escenarios de competencia indirecta entre grandes potencias que buscan asegurar acceso a recursos, mercados y alianzas estratégicas.

Los recursos naturales estratégicos adquieren un papel decisivo en esta nueva configuración. Lejos de ser concebidos únicamente como insumos productivos o mercancías intercambiables en el mercado mundial, operan como vectores de poder que articulan capacidades industriales, tecnológicas y militares. La disputa contemporánea por su control no se limita a la extracción primaria, sino que se concentra cada vez más en el procesamiento, la refinación y el agregado de valor dentro de cadenas productivas de alto contenido tecnológico. En este sentido, la competencia actual revela que la apropiación de recursos se vuelve inseparable de la capacidad de transformarlos mediante procesos industriales avanzados y de integrarlos a complejas redes globales de producción. Quien domina la tecnología y las cadenas de valor controla no solo el recurso, sino la capacidad de capturar rentas estratégicas y proyectar poder.

En este contexto, la transición energética, presentada en muchos discursos como una “revolución industrial verde”, constituye simultáneamente una oportunidad histórica y un riesgo estructural para las economías semiperiféricas. No se trata únicamente de una agenda ambiental orientada a reducir emisiones de carbono, sino del nuevo núcleo dinámico de acumulación del capitalismo global. La industria 4.0, que integra inteligencia artificial, big data, redes 5G, robótica avanzada, automatización y digitalización de procesos productivos, define los parámetros de la nueva jerarquía internacional. El control de estas tecnologías determina la capacidad de producir armamento sofisticado, gestionar redes de información estratégicas, dominar cadenas logísticas globales y estructurar plataformas industriales complejas. Por ello, la disputa hegemónica contemporánea adquiere un carácter esencialmente científico-tecnológico, donde la innovación y el conocimiento se convierten en factores centrales del poder estructural.

China ha logrado posicionarse como líder de la transición energética global a través de una estrategia de largo plazo basada en planificación estatal, inversión sostenida en innovación y articulación entre sector público y privado. En primer lugar, ha consolidado una ventaja competitiva decisiva en los sectores clave de la transición hacia una matriz energética descarbonizada. Domina la fabricación global de paneles solares, baterías de ion-litio y vehículos eléctricos, configurándose como el principal proveedor mundial de infraestructura tecnológica para la economía verde. Esta posición no es resultado exclusivo de ventajas naturales, sino de políticas industriales activas, subsidios estratégicos y una fuerte orientación exportadora. En el ámbito nuclear, considerado nuevamente como componente estratégico de la transición baja en carbono, desde 2017 la amplia mayoría de los nuevos reactores de potencia puestos en marcha a nivel mundial utilizan diseños chinos o rusos, lo que evidencia un desplazamiento del eje tecnológico tradicionalmente occidental. A través de su política exterior, especialmente hacia América Latina, África y otras regiones del Sur Global, China promueve además la cooperación en tecnologías de ahorro energético, pequeñas centrales hidroeléctricas y biocombustibles, ampliando su presencia como socio estratégico en el proceso de descarbonización.

En segundo lugar, el liderazgo tecnológico chino se encuentra estrechamente vinculado con su posición en el control y aseguramiento de recursos minerales críticos. La transición energética depende estructuralmente de insumos estratégicos como tierras raras, litio, cobalto, cobre y otros minerales cuya extracción, procesamiento o refinación se encuentra fuertemente concentrada en territorio chino o bajo su influencia directa e indirecta. En el caso de las tierras raras, fundamentales para la electrónica avanzada, los imanes permanentes, la industria eólica y múltiples aplicaciones militares, China mantiene una posición casi monopólica en la etapa de procesamiento, lo que le ha permitido atraer industrias de alta tecnología hacia su propio territorio y consolidar cadenas de valor integradas verticalmente. Asimismo, compite activamente por el acceso al litio, recurso indispensable para las baterías que sostienen la electromovilidad y el almacenamiento energético.

El denominado “triángulo del Litio”, conformado por Argentina, Bolivia y Chile, concentra la mayor proporción de reservas mundiales en salmuera, convirtiéndose en un escenario de disputa geopolítica entre China y Estados Unidos. A ello se suma su papel como principal productor y consumidor de minerales industriales como cobre, aluminio e hierro, insumos esenciales para la infraestructura de energías renovables. De este modo, el control de recursos naturales y el dominio de su transformación industrial constituyen dimensiones inseparables de su estrategia de poder estructural.

En tercer lugar, China complementa su expansión productiva con mecanismos financieros e institucionales propios que desafían la arquitectura tradicional de Bretton Woods. A través del Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS, del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura y de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, ofrece financiamiento para proyectos energéticos e infraestructura en el Sur Global, ampliando alternativas frente al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial. La emisión de bonos verdes, el financiamiento de proyectos hidroeléctricos, nucleares y de energías renovables, así como la construcción de corredores logísticos estratégicos, forman parte de una estrategia que combina diplomacia económica, expansión tecnológica e inserción geopolítica. Tras décadas de mantener un perfil relativamente bajo en la gobernanza global, China se ha convertido en constructora activa de institucionalidad alternativa, disputando la capacidad de definir las reglas del crédito internacional, la deuda soberana y el acceso a liquidez.

Este avance tecnológico y financiero es percibido por Estados Unidos como un desafío directo a su supremacía estratégica. La competencia no es meramente comercial ni coyuntural, sino estructural y de largo plazo. Un ejemplo ilustrativo es el denominado “veto nuclear tácito” frente a la posible incorporación de la central Hualong I en Argentina. Bajo argumentos vinculados a la seguridad nacional, la no proliferación y la transparencia tecnológica, Washington ha promovido tecnologías alternativas alineadas con sus intereses, como los reactores modulares pequeños (SMR), buscando evitar la consolidación de vínculos tecnológicos profundos entre América Latina y Beijing. Esta dinámica se inscribe en la lógica histórica de “patear la escalera”, mediante la cual las potencias consolidadas intentan impedir que países de la semiperiferia desarrollen capacidades industriales estratégicas similares a las que ellas mismas utilizaron para alcanzar su desarrollo.

En este contexto, el endeudamiento externo opera como instrumento central de disciplinamiento geoeconómico y condicionamiento político. Los programas del Fondo Monetario Internacional suelen implicar condicionalidades que afectan políticas macroeconómicas, industriales y exteriores, restringiendo los márgenes de autonomía de los Estados. En Argentina, sectores estratégicos como el nuclear y el satelital, representados por INVAP y ARSAT, han atravesado ciclos de desfinanciamiento en contextos de ajuste estructural, evidenciando cómo la deuda puede transformarse en un límite concreto al desarrollo tecnológico soberano. La dependencia financiera tiende así a reproducir dependencia productiva, consolidando posiciones subordinadas en la división internacional del trabajo.

En el plano geopolítico más amplio, la transición hegemónica se manifiesta en una creciente superposición entre disputas económicas y tensiones de seguridad. Estados Unidos, frente a su declive relativo en supremacía tecnológica y comercial, busca preservar el orden internacional construido bajo su liderazgo a través de múltiples instrumentos. La expansión de la OTAN, la consolidación de alianzas como AUKUS en el Indo-Pacífico y las políticas de relocalización industrial en sectores estratégicos como los microchips reflejan un proteccionismo defensivo que contrasta con el discurso neoliberal tradicional. Las sanciones occidentales han, a su vez, profundizado la articulación entre Rusia, China, India e Irán, impulsando corredores comerciales 4 alternativos, sistemas de pago propios y procesos de desdolarización que erosionan progresivamente la centralidad universal del dólar.

En este escenario caracterizado por fragmentación y creciente incertidumbre, el orden internacional ya no se organiza en bloques rígidos como durante la Guerra Fría, sino en un entramado complejo de interdependencias, multi alineamientos y disputas tecnológicas simultáneas. Potencias emergentes como India participan simultáneamente en espacios liderados por Estados Unidos y en organizaciones junto a China y Rusia, evidenciando la flexibilidad estratégica del momento actual. Eurasia consolida progresivamente una institucionalidad alternativa que busca reducir la dependencia del sistema financiero dominado por Occidente y ampliar los márgenes de maniobra frente a sanciones y restricciones externas.

América Latina se inserta en esta dinámica como semiperiferia estratégica dotada de abundantes recursos naturales críticos, como litio, agua dulce y alimentos, así como de capacidades tecnológicas intermedias acumuladas en ciertos sectores. Sin embargo, enfrenta presiones cruzadas que intentan mantenerla en un rol subordinado dentro de la división internacional del trabajo, limitada a la provisión de materias primas sin agregado de valor. Frente a la disputa sino-estadounidense, la estrategia de “neutralidad activa” aparece como una vía racional para ampliar márgenes de autonomía: evitar alineamientos automáticos, diversificar vínculos comerciales, fortalecer la integración regional y consolidar espacios como el Mercosur, la CELAC o los BRICS Plus. La soberanía sobre los recursos estratégicos y su industrialización local resultan condiciones indispensables para transformar relevancia geopolítica potencial en poder estructural efectivo.

La transición hegemónica en curso no garantiza automáticamente un orden más equitativo ni una transformación sistémica del capitalismo global. China no propone necesariamente un sistema postcapitalista, sino una redistribución del poder dentro del propio capitalismo mundial. Sin embargo, al erosionar el monopolio occidental y ampliar el margen de opciones disponibles para otros Estados, introduce un mayor grado de pluralidad estructural en el sistema internacional. Así, el rol de China en la reconfiguración del orden mundial y en la transición energética es simultáneamente disruptivo y estructurante: disruptivo porque cuestiona la unipolaridad y el patrón monetario-financiero vigente; estructurante porque organiza nuevas redes de interdependencia productiva, tecnológica y financiera.

Para América Latina, y particularmente para Argentina, el desafío central consiste en transformar su dotación de recursos en poder estructural mediante políticas industriales sostenidas, inversión estratégica en ciencia y tecnología y planificación de largo plazo. La inserción internacional no puede definirse únicamente por afinidades ideológicas coyunturales o por presiones externas, sino por una evaluación estratégica del interés nacional en un contexto de competencia sistémica. La autonomía no implica aislamiento ni autarquía, sino capacidad de decisión propia dentro de un sistema profundamente interdependiente.

La integración regional resulta, en este sentido, una condición indispensable para ampliar escala productiva y capacidad de negociación. Ningún país latinoamericano, de manera aislada, posee el peso suficiente para negociar en igualdad de condiciones con las grandes potencias o los consorcios financieros internacionales. La construcción de poder colectivo permite coordinar posiciones, articular políticas industriales comunes y fortalecer márgenes de incidencia en la definición de reglas globales.

En definitiva, la transición energética se configura como el terreno privilegiado donde se definirá no solo quién lidera la próxima fase tecnológica del capitalismo global, sino también qué regiones logran escapar de la periferización estructural y cuáles permanecen atrapadas en ella. El desenlace dependerá tanto de la competencia entre grandes potencias como de la capacidad de los Estados periféricos y semiperiféricos para sostener proyectos de desarrollo soberano, continuidad estratégica y acumulación de capacidades propias. En un mundo marcado por mayor competencia, fragmentación y menor previsibilidad, la soberanía tecnológica, la planificación de largo plazo y la articulación regional se convierten en condiciones indispensables para ampliar los márgenes reales de autonomía dentro del sistema mundial.

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