Informe Mensual

El Pacto de La Meca y el reequilibrio de poder en Asia Occidental.

Autor: Salvador Scarpino (Lic. en RR.II; miembro del Grupo de Trabajo “Proyección Estratégica y Geopolítica de Eurasia” del OCIPEx – Becario doctoral CONICET).

Introducción

Durante la primera semana de agosto de 2026 tuvo lugar la firma del “Acuerdo de Defensa Mutua de La Meca”, un pacto de defensa trilateral entre Arabia Saudita, Pakistán y Turquía el cual estipula que ante un ataque a uno de sus firmantes, todos saldrán en su defensa. Una cláusula defensiva militar similar al artículo 5 del acuerdo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). En principio, es una extensión del Acuerdo Estratégico de Defensa Mutua firmado entre Arabia Saudita y Pakistán el 17 de septiembre de 2025, ahora incluyendo a Turquía. Desde nuestro punto de vista, este acuerdo implica un reequilibrio de las relaciones de poder en la región de Medio Oriente y responde a dos factores inherentes al momento histórico que atravesamos: en primer lugar, la consolidación de un mundo con múltiples polos de poder en el cual diversas potencias emergentes buscan crear herramientas para ampliar márgenes de autonomía que permitan garantizar su interés nacional; en segundo lugar y como un desprendimiento de la primera, acontece la pérdida de credibilidad de los países de la región en EE.UU. como factor de seguridad y garante de estabilidad en esa área del mundo. En este breve artículo intentaremos argumentar porqué es un error leer este pacto como una “alianza anti-iraní” y entender, ¿qué buscan turcos, pakistaníes y saudíes con este pacto?; ¿qué intereses los unen?.

¿Cuáles son los intereses turcos?

Turquía es miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y posee el segundo ejército más grande de esa organización, detrás de EE.UU. A pesar de ser un socio de Occidente durante la Guerra Fría, en las últimas décadas comenzó a ejecutar una serie de movimientos que rompen con la lógica pro-occidental plasmada en el siglo XX, entre ellos: 1) La diversificación de su política exterior priorizando su estrategia euroasiática; 2) el posicionamiento como polo o “hub” logístico y energético; 3) actuación como mediador en diversos conflictos regionales; y 4) fortalecimiento de su sector de la defensa.

Respecto al primer punto, en 2009 crearon la Organización de Estados Túrquicos, de la cual forman parte junto a Azerbaiyán, Kazajistán y Kirguistán. Es una herramienta mediante la cual proyectan poder blando en Asia Central y el Cáucaso Sur a través de la cultura, la lengua y las tradiciones comunes de estas naciones. En 2010, el vínculo sino-turco se elevó al rango de Asociación Estratégica. En 2012, Turquía se transformó en el primer miembro de la OTAN en ser “socio de diálogo” de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), bloque del cual China y Rusia son sus principales impulsores. En 2016 hubo un intento de golpe en Turquía y la negativa estadounidense de extraditar al clérigo opositor a Erdogan,  Fetullah Gullen, significó un punto de inflexión en el vínculo turco-estadounidense (Shlykov, 2026, p. 6). Tal es así que en 2017, el gobierno turco firmó un acuerdo con Rusia para adquirir los sistemas misilísticos rusos S-400 (Shlykov, 2026, p.5). Es decir, un miembro de la OTAN adquiriendo armamento ruso. En una sintonía similar, China otorgó un préstamo equivalente a 3,6 mil millones de dólares en el marco de la crisis económica de 2018 (Daily Sabah, 2018). En 2019, ambos gobiernos celebraron un acuerdo de intercambio de monedas (swap) y en agosto de ese mismo año, el ministro de relaciones exteriores, Ahmet Cavosoglu, anunció la “Asian Anew Initiative”: una estrategia destinada a fortalecer lazos con países asiáticos, en sintonía con las tendencias y cambios en el escenario internacional (Ministerio de Relaciones Exteriores de Turquía, 2019).

En segundo lugar, Turquía busca posicionarse como polo o “hub” logístico y energético, sacando el máximo provecho de su ubicación geográfica estratégica como “puente” entre Europa y Asia. Por su territorio atraviesan una multiplicidad de oleoductos y gasoductos que le otorgan cada vez mayor preeminencia regional, conectando yacimientos hidrocarburíferos rusos, del Mar Caspio y de Medio Oriente con el mercado europeo. Ejemplo de ello es el “Corredor de Gas del Sur”, una iniciativa europea de 2008 que busca disminuir su dependencia de la energía rusa. Este corredor comenzó a operar en 2020 y está integrado por el “Gasoducto del Cáucaso Sur”, el gasoducto “Trans-Anatolio”, que atraviesa territorio turco de Este a Oeste; y el “Gasoducto Trans-Adriático”. 

En la imagen se puede visualizar el recorrido del Corredor de Gas del Sur y su composición por los gasoductos “Cáucaso Sur”, “Trans-Anatolio” y “Trans-Adriático”. 

Por su parte, los gasoductos submarinos “BlueStream” y “TurkStream” transportan gas ruso hacia Europa a través de Turquía. El primero de éstos comenzó a operar en 2003 mientras que el “TurkStream” fue inaugurado por Vladimir Putin y Recep Tayyip Erdogan el 8 de enero de 2020 y reemplazó los envíos de gas ruso por el gasoducto “Trans-Balcánico” que cruza Ucrania y Rumanía. 

Por otro lado, el oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan (BTC) de unos 1.700 kilómetros de longitud transporta crudo desde el Caspio, pasando por Georgia hasta la ciudad turca de Ceyhan, el mayor centro de transporte de petróleo y gas natural de Oriente Medio y Asia Central. El oleoducto “Kirkuk-Ceyhan”  (oleoducto turco-irakí) posee unos 900 kilómetros de longitud y es la mayor línea de exportación de petróleo irakí.

Imagen del oleoducto turco-irakí.

 En tercer lugar,  Turquía ha actuado como mediador en diversos conflictos regionales. Desde 2015 forma parte del “Formato de Astaná” junto a Rusia e Irán para una solución negociada en Siria o impulsando la “Iniciativa del Mar Negro” en 2022 para garantizar la salida segura de cargamentos de granos de puertos ucranianos en el marco de la Operación Militar Especial rusa (Donda y Scarpino, 2023).

Queda claro que Turquía tiene intereses en diversos frentes: en Siria busca contener a los kurdos y apoyó a la oposición de Bashar Al-Assad. Tras el derrocamiento de éste en 2024, se convirtió en el principal aliado del nuevo gobierno. En el Mediterráneo, desde 2006, la Armada turca desarrolló la Doctrina “Patria Azul” (Mavi Vatan en turco), la cual establece un reclamo de soberanía marítima de aproximadamente 462.000 km2 en el Mediterráneo Oriental, Mar Egeo y Mar Negro (Denizeau, 2021). Esto choca con los intereses de algunos Estados vecinos, como Grecia, Chipre e Israel. No sólo por el caso de la República Turca de Chipre del Norte, que actualmente posee reconocimiento internacional limitado, sino también por el acuerdo entre griegos e israelíes para la construcción del gasoducto “EastMed” que busca transportar energía de los yacimientos localizados en el Mediterráneo oriental. La respuesta turca fue acordar en noviembre de 2019 con el Gobierno de Trípoli en Libia una delimitación de zonas marítimas, donde la frontera económica de ambos queda unida en el Mediterráneo, ampliando su espacio marítimo y derechos de exploración y explotación hidrocarburífera, ignorando islas griegas.

Trazado del gasoducto “EastMed” propuesto por Israel, Chipre y Grecia que va en contra de los intereses turcos en el Mediterráneo.

¿Qué quiere Arabia Saudita?

Arabia ha venido incrementando su insatisfacción hacia las políticas ejecutadas por EE.UU. en la región en los últimos años. Por un lado, bajo la Administración Biden, generó preocupación la retirada estadounidense sin previo aviso de Afganistán en agosto de 2021. Por el otro, se impone la realidad material: el 75% de las exportaciones saudíes corresponden al sector energético y el 12% de las mismas tuvieron como destino a China. Hoy en día, EE.UU. se ha convertido en un competidor energético. A principios de los ‘90, EE.UU. importaba alrededor de 2 millones de barriles de crudo saudí por día. En diciembre de 2021, ese número había disminuído a 500.000 barriles diarios (Said y Kalin, 2022). La preponderancia china en la balanza comercial saudí ha generado el inicio de conversaciones para poder concretar ventas energéticas en yuanes, sin embargo, hasta la fecha no se ha concretado. En materia de defensa, un hito importante fue la fabricación nacional de misiles balísticos con tecnología china (Hinz, 2025). En el plano diplomático, cabe destacar la mediación china que culminó en marzo de 2023 en el restablecimiento de relaciones diplomáticas formales entre Arabia Saudita y la República Islámica de Irán. El vínculo se había roto en 2016 (Cafiero, 2024). Esto demuestra también el pragmatismo de Mohamed Bin Salman, el príncipe heredero saudí que diversifica sus socios comerciales, sus proveedores de tecnología estratégica y, en 2024, Arabia Saudita se sumó al bloque BRICS, junto a Irán, Etiopía, Egipto y Emiratos Árabes Unidos (EAU). Argentina fue el único país invitado en rechazar el ingreso.

El ataque aéreo conjunto estadounidense-israelí -sin previo aviso a sus aliados- contra Irán a finales de febrero de 2026 desató una guerra regional con ataques iraníes a diversas bases y activos militares estadounidenses en la región. Ejemplo de ello fue el ataque sufrido en la base “Principe Sultán” en las afueras de Riyad, capital saudí (Al Jazeera, 2026). Es decir, las acciones imprevisibles de la Administración Trump generaron que sus socios y aliados de la región sufrieran ataques de misiles y drones iraníes. Algo similar sucedió con Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Qatar y Kuwait. En Bahréin, partes del Comando Central de la Quinta Flota Estadounidense quedaron inutilizados por los ataques iraníes (Seth et al., 2026). De aquí podemos inferir que el Pacto de La Meca puede responder a contar con garantías de defensa alternativas ante la imprevisibilidad estadounidense de los últimos años. EE.UU. ya no ofrece garantías de seguridad ni es factor de estabilidad para ningún país de la región, sus acciones en los últimos meses demuestran lo contrario. Aliándose a Pakistán, Arabia se reasegura contar con el respaldo de una potencia nuclear en caso de cualquier ataque.

¿Qué quiere Pakistán?

Pakistán es el único país del mundo musulman con armamento atómico. A lo largo del siglo XX ha sido un aliado estadounidense en contrapartida a la cooperación de la Unión Soviética con India, histórico enemigo con el cual mantuvo un breve conflicto armado el año pasado por la región de Cachemira (Scarpino, 2025). Producto de esa rivalidad, se ha recostado en China como socio y aliado en las últimas décadas. Recordemos que China también mantiene históricos conflictos limítrofes con India en el Himalaya. Pakistán es una pieza central en la Iniciativa china de la “Franja y la Ruta”, por su territorio atraviesa el Corredor Económico China-Pakistán (CPEC), de más de 3.000 kilómetros de longitud, otorgándole a China una salida al Océano Índico por medio del puerto pakistaní de Gwadar. Consecuentemente, el 9 de junio de 2017, en la Cumbre de Astaná (Kazajistán), Pakistán e India se sumaron a la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) a instancias de Rusia y China. En este sentido, Rusia pivotea con India para contrarrestar la influencia china, mientras que China lo hace con Pakistán para contener a India. Desde finales de marzo de 2026 Pakistán actuó como mediador y sede de las negociaciones entre Irán, EE.UU. e Israel, logrando un primer alto al fuego el 8 de abril de 2026 y un segundo cese de hostilidades el 17 de junio de este año, el cual colapsó a principios de julio. En el caso pakistaní, tal como afirmamos al principio de esta nota, ya poseía un acuerdo de defensa con Arabia, y a través del Pacto de la Meca Pakistán puede estar buscando mantener ese posicionamiento relevante a nivel regional como mediador y factor estabilizador.

Reflexiones finales

Las reconfiguraciones que están ocurriendo en la región y en el mundo son producto del mundo “pos-estadounidense” que atraviesan las relaciones internacionales del siglo XXI, como consecuencia del declive relativo de poder de EE.UU. en simultáneo con la re-emergencia de la República Popular de China (RPC). Esto se manifiesta de diversas formas que venimos analizando desde el Grupo de Trabajo “Re-emergencia y Proyección Geopolítica de Eurasia” del OCIPEx: por medio del trazado de nuevos corredores económicos que reconfiguran las tradicionales rutas por donde se desarrolla el comercio mundial; por el desarrollo e implementación de mecanismos de pagos alternativos al dólar, como respuesta a las sanciones y bloqueos económicos, financieros y comerciales ejecutados por EE.UU. y sus socios del Norte Global; y también se manifiesta en el diseño y consolidación de mecanismos y arquitecturas políticas, de seguridad y económicas alternativas a los Acuerdos de Bretton Woods: Esto es, BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), la Unión Económica Euroasiática (UEE), etc.

Los múltiples polos de poder se consolidan a nivel mundial y es necesario adoptar visiones que permitan explicar y entender estos cambios profundos que atraviesan las Relaciones Internacionales. Tal como afirma el investigador argentino Gabriel Merino (2026), buscar entender lo que sucede hoy con lentes del siglo XX genera el efecto contrario. Es decir, tratar de entender lo que está aconteciendo con una mentalidad de Guerra Fría, dicotómica, donde hay dos polos opuestos, antagónicos y cerrados entre sí impide comprender cabalmente qué es lo que está pasando y porqué se dan los cambios profundos que se están dando.

El Pacto de la Meca es un efecto de esa consolidación del mundo multipolar. Es la respuesta natural de países que para garantizar su interés nacional buscan construir y utilizar las mejores herramientas que tienen a su alcance, aumentando su autonomía y proyectando poder. Salvaguardando sus intereses nacionales, en última instancia. Todo lo contrario a lo que está sucediendo en la Argentina y gran parte de nuestra región, con alineamientos automáticos, subordinación, dogmatismo ideológico, pérdida de soberanía y fragmentación.

Referencias bibliográficas:

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