Autor: Gerardo Bdar | Alumno de la Diplomatura
1. Introducción
La transición energética se ha convertido en un reto fundamental para las naciones que buscan garantizar su desarrollo sostenible y, al mismo tiempo, mitigar los efectos del cambio climático. Según la Agencia Internacional de Energía, en 2022 el 79% de la energía mundial provino del petróleo, carbón y gas natural, consolidándose aún como las principales fuentes globales de energía. (Producción energética argentina en la transición mundial hacia energías limpias, CEI, 2024, p.3)
Esto implica un cambio en las fuentes de energía y una transformación profunda de los sistemas productivos y de la infraestructura que sustenta la vida cotidiana de las sociedades. Para Argentina, una nación rica en recursos naturales, pero históricamente dependiente de los combustibles fósiles, la transición energética debe ir más allá de la mera adopción de energías renovables. Es necesario que esta transformación se articule dentro de un proyecto más amplio que promueva el desarrollo de la industrialización y la soberanía energética. En este sentido, las energías nucleares e hidroeléctricas juegan un rol clave.

Antúnez, J. L. (2025). Presentación sobre transición energética.
El gráfico muestra cómo el transporte (34%) y la generación eléctrica (33%) concentran la mayor parte de las emisiones de CO2 por combustión. La industria (16%) y el sector residencial y otros usos (17%) completan el panorama, evidenciando que la transición energética requiere políticas integrales que aborden tanto la movilidad como la producción eléctrica, sin descuidar el impacto de los hogares y la actividad industrial.
Las centrales nucleares, que generan energía a través de fisión nuclear, son capaces de producir grandes cantidades de electricidad sin emitir gases de efecto invernadero. En 2024, las tres centrales nucleares argentinas (Atucha I, Atucha II y Embalse) generaron 10.449.015 MWh, lo que representó el 7,35% de la electricidad nacional, alcanzando un récord histórico de producción (Nucleoeléctrica Argentina, 2025). Este aporte constituye una oportunidad para diversificar la matriz energética nacional, reducir la dependencia de fuentes externas y establecer una mayor autonomía en la producción de energía.
Por otro lado, las centrales hidroeléctricas, que utilizan el flujo de agua desde una represa para mover turbinas conectadas a grandes generadores, aprovechan los vastos recursos hídricos del país. En conjunto con la energía eólica y nuclear, la hidroeléctrica Diplomatura en Energía y Soberanía 2025 Gerardo Bdar 2 permitió que las fuentes bajas en carbono representaran cerca del 47% de la electricidad consumida en Argentina en 2024-2025 (Low-Carbon Power, 2025). Además de ser una fuente renovable y confiable, la hidroelectricidad contribuye a la estabilidad de la red energética y se consolida como motor de desarrollo en regiones con gran potencial hídrico.
2. Transición energética, el contexto argentino y la geopolítica.
La transición energética argentina debe entenderse en el marco de una tendencia global. El consumo mundial de energía ha estado dominado por los combustibles fósiles durante los últimos dos siglos, y recién en las últimas décadas las renovables comienzan a desarrollarse y crecer. Argentina reproduce esta lógica, aunque con particularidades propias como la centralidad del gas natural y el desarrollo de Vaca Muerta. En Argentina, la generación de electricidad proviene en gran medida de diversas fuentes. En el Balance Energético Nacional 2024 indica que la producción primaria alcanzó 83.949 TEP, compuesta principalmente por gas natural (50%) y petróleo (39%), mientras que la hidroeléctrica representó 4% y la eólica 2%. (CEI, 2024, p.10).

Las energías renovables mediante programas como RenovAr, incrementaron la energía eólica y solar. Sin embargo, estas fuentes presentan intermitencia y requieren respaldo de generación firme, lo que posiciona a la energía nuclear e hidroeléctrica como esenciales en la transición. Las proyecciones de la Agencia Internacional de Energía (AIE) indican que el país deberá incrementar su capacidad de generación renovable en al menos un 50% para alcanzar compromisos climáticos internacionales.
A pesar de las intenciones del programa RenovAr, sus contratos, que fueron firmados durante la gestión del Macrismo entre 2016 y 2019, fueron expresados en dólares y bajo esquemas de financiamiento (FODER) que generan dependencia financiera externa. Estos acuerdos han expuesto a la economía argentina a las fluctuaciones del mercado cambiario, comprometiendo la estabilidad del sistema Diplomatura en Energía y Soberanía 2025 Gerardo Bdar 3 eléctrico y la situación económica de la población más vulnerable y de bajos recursos por no poder afrontar los costos de los servicios.
La transición energética no es solo un desafío técnico o económico, sino también un escenario de disputa geopolítica. En el actual orden mundial, los recursos energéticos y las infraestructuras estratégicas son objetivos de control por parte de las potencias globales. Estados Unidos, China y la Unión Europea buscan asegurar el acceso a materias primas críticas y establecer condiciones favorables para sus empresas en los mercados emergentes. En este contexto, Argentina debe evitar quedar subordinada a intereses foráneos que condicionen su desarrollo energético.
China ha emergido como un actor clave en la financiación de proyectos energéticos en América Latina, incluyendo acuerdos con Argentina para el desarrollo nuclear (Hualong I) e hidroeléctrico (represas en Santa Cruz, Nestor Kirchner y Cepernic). Estados Unidos, por su parte, ha manifestado preocupación sobre la influencia china y ha intentado ofrecer alternativas de financiamiento a través de organismos como el Banco Mundial y el FMI, aunque con condiciones que muchas veces implican reformas estructurales que limitan la autonomía estatal.
Por otro lado, la transición energética está marcada por la concentración de tecnologías clave en un reducido grupo de países. La fabricación de turbinas eólicas, paneles solares y baterías de litio está dominada por China, mientras que Europa lidera el desarrollo de hidrógeno verde. Estados Unidos mantiene influencia en el sector nuclear y en la explotación de hidrocarburos no convencionales. Esta concentración impone barreras para que países como Argentina desarrollen una industria propia sin depender de importaciones o transferencias tecnológicas condicionadas.
Para lograr una transición energética soberana, Argentina debe fortalecer su capacidad industrial y tecnológica en el sector. La inversión en ciencia y tecnología, la nacionalización de recursos estratégicos y la integración regional con países latinoamericanos pueden reducir la dependencia de actores externos y consolidar una matriz energética autónoma. La experiencia de países como Noruega, que ha utilizado sus recursos energéticos para fomentar la industrialización y el desarrollo tecnológico, demuestra que es posible avanzar hacia un modelo soberano sin quedar atrapado en la lógica extractivista o en la subordinación a capitales extranjeros.
3. El rol de la energía nuclear en la transición energética
Argentina es un país con una destacada trayectoria en el desarrollo nuclear, lo que le permite contar con una infraestructura científica, tecnológica e industrial avanzada en este sector. Durante la gestión de Juan Domingo Perón hacia la década de 1950, desde el Instituto Balseiro y la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) ha liderado proyectos de investigación y desarrollo que permitieron la construcción y operación de proyectos como el ciclotrón; desarrollo de reactores de investigación como RA-1 (1958), RA-0 (1960), RA-2 (1961), RA-3 para producción de radioisótopos (1967), RA-6 (1982), RA-8 (1997), pruebas de núcleo del reactor CAREM (en construcción), RA10 (en construcción, con foco en radioisótopos y aplicaciones avanzadas); también de Diplomatura en Energía y Soberanía 2025 Gerardo Bdar 4 centrales nucleares como Atucha I (1974), Embalse (1983) y Atucha II (2014). Estos proyectos han contribuido a la diversificación de la matriz energética y han reducido la dependencia de combustibles fósiles. En términos de emisiones, Argentina presenta un factor de emisión de CO₂ de 2,10, inferior al promedio mundial (2,26) y comparable al G7 (2,15). (CEI, 2024, p.9).
El ecosistema nuclear argentino no solo se limita a la generación eléctrica, sino que también abarca la producción de radioisótopos para la medicina, el desarrollo de reactores experimentales y la transferencia de tecnología a otros países. Empresas como INVAP han logrado exportar tecnología nuclear a mercados internacionales a países como Perú (RP-10), Argelia (NUR), Egipto (ETRR-2), Australia (OPAL), Holanda (PALLAS), Arabia Saudita (Rey Abdelaziz), Brasil (RBM), consolidando a Argentina como un actor relevante en la industria nuclear global.
En términos de seguridad energética, la energía nuclear es clave porque proporciona una fuente estable y confiable de electricidad, con un factor de capacidad superior al 85%, lo que la diferencia de fuentes renovables intermitentes como la eólica y la solar. Además, el desarrollo de reactores modulares pequeños (SMR) representa una oportunidad para descentralizar la generación eléctrica y abastecer regiones aisladas del país.
4. La energía hidroeléctrica como pilar de la soberanía energética
A lo largo de las décadas, el país ha construido importantes centrales hidroeléctricas que generan electricidad y también promueven la gestión sostenible de los recursos hídricos. No solo aporta una fuente limpia y renovable de electricidad, sino que también desempeña un papel crucial en la regulación de caudales hídricos, prevención de inundaciones y suministro de agua para riego y consumo humano. Además, las grandes obras hidroeléctricas han sido motores de desarrollo regional, generando empleo, infraestructura y mejorando la calidad de vida en sus áreas de influencia.
Desde principios del siglo XX, Argentina ha apostado por el aprovechamiento de sus recursos hídricos para la generación de energía. La creación de organismos como la Dirección General de Irrigación en 1913 y, posteriormente, Agua y Energía Eléctrica en 1947, sentaron las bases para el desarrollo de proyectos hidroeléctricos en diversas provincias. Estas iniciativas no solo buscaban satisfacer la demanda energética, sino también impulsar el riego agrícola y el desarrollo industrial en regiones clave del país.
A partir de la expansión estatal impulsada por el gobierno de Juan Domingo Perón (1945-1955), se impuso la industrialización y la soberanía energética con nuevas represas, como la represa de Salto Grande, que permitió aumentar la capacidad de generación eléctrica en un 5% la capacidad nacional, logró que Agua y Energía Eléctrica gestionara recursos hídricos y para el año 1955 el 40% de la electricidad del país proviniera de fuentes hidroeléctricas.
Argentina experimentó un notable crecimiento en su capacidad hidroeléctrica, pasando de representar el 9% de la potencia instalada en 1960 al 45% en 1992. Este incremento se debió a la construcción de grandes obras como El Chocón, Cerros Colorados y Salto Grande, que se convirtieron en pilares del sistema eléctrico nacional. Sin embargo, a partir de mediados de la década de 1990, la expansión hidroeléctrica se desaceleró, y la participación de esta fuente en la matriz energética disminuyó al 26% en 2020. Este estancamiento contrastó con el crecimiento de la generación termoeléctrica, que alcanzó el 60% en el mismo período.
La participación hidroeléctrica en la matriz energética nacional pasó de 45% en 1992 a 26% en 2020, mostrando un retroceso frente al crecimiento termoeléctrico. (CEI, 2024, p.9)
Uno de los principales desafíos que enfrentaba el sector hidroeléctrico argentino era la finalización, en 2023, de los contratos de concesión de centrales que fueron otorgados a empresas privadas en la década de 1990 por un período de 30 años. Estas concesiones abarcan aproximadamente 25 centrales con una potencia total de 6850 MW. Al concluir estos contratos, se prevé la reversión de las instalaciones al Estado, lo que plantea la necesidad de definir una política pública clara para su gestión futura. Por el contrario, la secretaría de Energía emitió resoluciones que extendieron los contratos de concesión durante los años 2023/24, hasta el decreto 718/2024 firmado el 12 de agosto de 2024 por la gestión de gobierno de Milei, con lo que las centrales hidroeléctricas continúan operando bajo las condiciones establecidas en este último decreto, con un proceso licitatorio para adjudicar las nuevas concesiones con el riesgo de pérdida de soberanía energética que estas medidas conllevan.
En julio del 2014, la Asociación Estratégica Integral entre Argentina y China firman un acuerdo en el cual China financia con U$S 4714 millones la construcción de las represas Néstor Kirchner y Jorge Cepernic en Santa Cruz, lo cual representa un avance estratégico para Argentina, ya que permitirían aumentar un 15% la generación de hidroeléctricas del país produciendo aproximadamente 5300 GWh anuales (CEI 2024, pág. 12). Sin embargo, al año 2026, bajo la política energética del gobierno de Javier Milei, las obras se encuentran paralizadas, en el marco de una revisión de compromisos financieros y prioridades de inversión.
En el contexto de la transición energética y la búsqueda de una mayor soberanía energética, fortalecer y expandir la capacidad hidroeléctrica se presenta como una estrategia clave. Esto implica no solo continuar, mantener y optimizar las instalaciones existentes, sino también planificar y ejecutar nuevos proyectos que aprovechen el potencial hídrico aún disponible en el país.
5. Beneficios estratégicos de las energías nuclear e hidroeléctrica
Actualmente el Estado argentino se encuentra debilitado, lo que limita su capacidad de planificación y control estratégico, es posible pensar la transición energética en un contexto alternativo, con un Estado robusto y con mayor protagonismo en la administración de recursos estratégicos. En ese escenario, Argentina —que Diplomatura en Energía y Soberanía 2025 Gerardo Bdar 6 representa apenas el 0,5% de las emisiones globales de CO₂ y se proyecta que en 2030 mantendrá un nivel marginal de 0,05% (CEI, 2024, p.6)— podría aprovechar la sinergia entre hidroeléctricas y nucleares para asegurar una base firme de generación y facilitar la integración de fuentes intermitentes como la solar y la eólica. El país ya cuenta con un 30,9% de energías renovables en la producción de electricidad, nivel comparable al de países de la OCDE y BRICS (CEI, 2024, p.9). Esta combinación, bajo una planificación estatal sólida, reduciría la vulnerabilidad frente a crisis externas —climáticas, financieras o geopolíticas— y fortalecería la autonomía del sistema energético.
Asimismo, el dominio argentino del ciclo nuclear —incluyendo la producción de agua pesada y el desarrollo de reactores modulares pequeños (SMR)— proyecta al país como exportador de tecnología de alto valor agregado en la región. Este potencial, sin embargo, requiere de un Estado fortalecido para consolidarse como política de largo plazo y reforzar la soberanía energética frente a escenarios de incertidumbre global (Fundar, 2023; CNEA, 2025).
6. Conclusión
La transición energética en Argentina es una disputa estratégica que trasciende lo técnico y lo económico: define el lugar del país en el escenario global. La dependencia de combustibles fósiles y los intereses externos, ha limitado históricamente la posibilidad de construir un modelo soberano, aunque experiencias como la nuclear e hidroeléctrica demuestran que existen capacidades locales para avanzar sin condicionamientos. La crisis climática y la urgencia por reducir emisiones han sido utilizadas por las grandes potencias para imponer esquemas alineados con intereses financieros internacionales. La dolarización de contratos y la privatización de activos estratégicos son ejemplos de políticas que debilitaron la soberanía energética y pusieron en riesgo el abastecimiento.
Frente a ello, es imprescindible recuperar el rol del Estado como planificador y ejecutor de una política que priorice los intereses nacionales. Un proyecto de transformación estructural debe revisar el marco regulatorio, impulsar una industria nacional de energías limpias y fortalecer la formación técnica y científica. La transición energética debe ser un pilar de un nuevo modelo de desarrollo que articule crecimiento industrial, equidad social e integración regional.
La soberanía energética es una cuestión estructural que define el rumbo de la Nación e integración Latinoamericana. La energía es desarrollo, independencia y justicia social. No puede quedar librada al mercado ni a intereses externos: debe ser conducida por el Estado, como garantía de autonomía y futuro para todos los argentinos y argentinas.
Una transición soberana no solo es necesaria y posible, sino que constituye un proyecto de país que hoy resulta irreal bajo un gobierno entregado a intereses externos, pero imprescindible para recuperar la autonomía y el futuro nacional justo, libre y soberano.
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● Hurtado, Diego. ¿Cómo pensar un sendero de transición energética para un país de la semiperiferia? 2024
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